Estrategias Empresariales | Estudiar una carrera o una ocupación

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Entre los muy diversos problemas de los que adolece la educación en nuestro país, está la falta de enfoque en las metas del estudiante, y que para mí, resulta uno de los elementos más importantes no sólo para la definición de probable futuro académico, sino de la definición del plan de vida de un individuo, y para el país, por su repercusión en lo que se denomina la eficiencia terminal en las universidades e institutos de educación superior, y que supone la diferencia que se produce entre los alumnos que ingresan en una generación y los que concluyen las carreras profesionales o técnicas y luego contra los que se titulan.

Como sabemos la OCDE ha informado que México tiene un problema de deserción de aproximadamente un 50%, y que los estudios más afinados nos dicen que la eficiencia terminal promedio en el nivel superior es de un 62%, es decir una deserción efectiva de un 38%. En términos económicos yo me atrevería a calificar el problema como muy grave, porque representa muchos millones de pesos en los presupuestos de las universidades e institutos públicos y privados, y en los bolsillos de las familias que ven frustradas sus esperanzas de lo que significa para ellos, asegurar el futuro de uno o varios de sus miembros, más la pérdida neta de la inversión que se ocupó para llevar al estudiante hasta el grado donde deserta.

Quienes han estudiado el problema de la deserción reconocen que el problema más grave es el económico.

Cuando por cualquier calamidad, la familia o el individuo, se ve imposibilitado para sostener sus estudios, aún en los casos de escuelas públicas que no cobran cuotas o colegiaturas gravosas, el tiempo que reclama el estudio contra el tiempo de trabajo para sacar adelante una familia o a un individuo, se convierte en la principal causa para provocar la deserción estudiantil, en virtud al esfuerzo que representa su mantenimiento o la definitiva imposibilidad de sostener el presupuesto económico familiar o individual.

hacker-boyDebemos reconocer que en los últimos años los diferentes niveles de gobierno han integrado programas de becas o ayudas económicas que apoyen a las familias y a los estudiantes en este esfuerzo, asunto que también se ha incluido en las escuelas privadas mediante diversos medios que van desde las becas hasta los sistemas de financiamiento educativo. Sin embargo el esfuerzo no parece dar los frutos esperados, el nivel de eficiencia terminal en las instituciones de educación superior sigue siendo muy bajo, y el reciente descubrimiento de una capa social denominada como “los ninis” (NI estudian, Ni trabajan) los que considerando un cálculo conservador, son una población integrada por unos 8 millones de personas, pone de manifiesto que existen otras razones que reclaman la atención social para tratar de dar respuesta a este problema.

Increíblemente nuestro sistema educativo sigue siendo incapaz de dar una respuesta congruente a la pregunta, ¿por qué o para qué debo estudiar?

Si usted me lo permite, el catálogo de respuestas de no ser por lo trágico de su significado, suenan cómicas, para que seas alguien en la vida, para que consigas chamba, para que te traten con respeto, etc. Estas respuestas son para mi gusto la clave del problema.

El catálogo de ocupaciones en el ámbito de la informalidad y los ingresos que estas ofrecen, en competencia con los trabajos formales que un profesionista puede conseguir y los sueldos que se ofrecen, hacen cada vez más claro a la sociedad, que la respuesta económica está equilibrándose y en algunos casos resulta favorable a lo informal, porque no reclama el mismo nivel de responsabilidad de un profesionista y desde luego, no le agrega el ingrediente fiscal que a todos nos molesta.

Indudablemente, el alcanzar un nivel profesional mejora en la mayoría de los casos, la calidad socio cultural del individuo, considerando las herramientas de razonamiento que se aprenden, resultan muy superiores a las de una persona sin estos conocimientos y sin la disciplina o método de estudio. En ese sentido, la educación superior ofrece un futuro distinto y más pleno para quien logra una carrera. Sin embargo, esta apreciación puede quedar fuera del alcance de los supuestos que responden a los motivos por los que un individuo estudia, tanto para él, como para su familia.

En ese sentido en México hemos establecido como meta superior, lograr terminar una carrera, y hoy en día socialmente hemos ampliado el esquema, por lo tanto, debe agregarse a este proceso, una maestría y si es posible un doctorado.

Seguimos viendo por debajo del hombro a las carreras técnicas y más aún a los oficios. Tendemos a ubicar a quienes los ejercen como personas con bajos ingresos y con niveles culturales de mala calidad. Ejemplo de esta situación, es que en nuestro país, a un Chofer no se le puede llamar Chofer, porque lo toma a ofensa, ni a un mesero, mesero, debemos llamarle “señor”, “joven”, “pssst” u otras formas para captar su atención, como si la ocupación fuera vergonzosa, en otros casos como el carpintero, plomero, mecánico, etc., el asunto se diluye con el título de “maestro”.

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Ante esto, la sociedad ha promovido fórmulas de éxito o fracaso vinculadas a la calidad profesional de los individuos, de tal manera que se desvincularon los conceptos de estudiar una carrera y terminarla como el nivel de éxito final, y el factor ocupacional, que es el de la ejecución efectiva de las actividades que requieren o no de un estudio profesional previo, y que debería de ser la meta objeto real de las personas.

Consecuentemente hemos construido un sistema educativo que finaliza en los niveles superiores y deja al individuo para que el mercado laboral lo absorba o por cuenta propia inicie un negocio, que suponemos sea propio de la profesión que estudió.

No hemos preparado a los estudiantes y a la sociedad, para entender que el estudio de una carrera profesional o técnica es solo el medio para lograr una ocupación en el ámbito laboral.

Que el mayor porcentaje de los estudiantes ha decido estudiar una profesión, deshojando una margarita, para seleccionar primero el área de estudio y luego la carrera que supone le resultara más acorde a sus intenciones e intereses.

Nos cansamos de oír a los jóvenes que seleccionan la carrera de derecho porque no tiene matemáticas, o los de química, porque de niño revolvía los refrescos con los barnices en su casa, o los de áreas artísticas porque es lo más fácil.

En Internet puede encontrarse, cómo algunos jóvenes preguntan a otros si la carrera que pretenden es la adecuada y obtienen respuestas que seguramente tienen la mejor voluntad, incluso contenidos orientadores que provienen de aquellos que la están o la estudiaron mostrando sus experiencias, que ciertamente abre campos de reflexión, convirtiéndose en elementos parciales para formar la decisión, pero que carecen de los otros complementos básicos para definir el proceso, y sobre todo, porque no contienen datos que señalen sobre la siguiente fase, la ocupacional.

Hace un par de años, escuché presumir muy justificadamente, a la representante de recursos humanos de una empresa trasnacional importante del sector hotelero, cómo gracias a la aplicación de análisis sobre las habilidades y competencias del personal en sus hoteles, hoy cuentan con un afamado Chef de reconocimiento internacional, que había ingresado a la compañía como pasante de contabilidad, durante la conferencia nos entregó otras experiencias similares.

Desde luego es de felicitar el logro de esta empresa para ubicar a su personal en las ocupaciones adecuadas y que le producen al empleado realización y plenitud y a la empresa empleados comprometidos y con altos niveles de desempeño. Sin embargo al considerar al sistema educativo el asunto toma otro color, porque si alguna de estas personas estudió en la escuela pública, qué terrible desperdicio de esfuerzos para el presupuesto tan significativo, y si lo hizo en el sector privado la pérdida de la inversión propia o de la familia así como de la institución, que terminó diluyéndose porque la vocación ocupacional de la persona había sido equivocada.

side.pngRecientemente me entrevisté con una importante directora de una Universidad privada en la Ciudad de México, y me comentó algo que supera toda lógica. “Aumentó el número de ingresos a una carrera n, porque la fila para inscribirse era más concurrida que las de otras”; dudosos del asunto lo corroboraron primero, porqué al preguntar a los estudiantes por qué habían decidido la carrera n, la respuesta fue, porque aquí tengo más amigos, y finalmente deseosos de verificar el fenómeno pidieron a varios alumnos que se formaran en otra fila para hacer mayoría y el experimento se confirmó al notar que se pasaban de una fila a la más concurrida e intentaban tomar esa carrera.

Cuando el estudiante dice, «quiero ser abogado o médico», se refiere normalmente a, «quiero estudiar derecho o medicina». Aquí cabe la pregunta, ¿hemos analizado el campo de trabajo del abogado o del médico?, ¿hemos revisado los alcances de la ocupación?, finalmente y como ya lo probamos, el individuo no concluye su meta con recibir el título de licenciado o de doctor. Es decir, ser Licenciado o Doctor es sólo un medio, un recurso para lograr la ocupación adecuada.

Establecer la especialidad se convierte en un primer asunto que en la mayoría de las profesiones, deben resolverse casi desde el inicio en el estudio de algunas carreras, como el caso de medicina, esta definición da visos de la definición de la ocupación deseada.

Es aquí donde aparece la realidad vocacional, cuando los hechos nos exigen contar con algo más que los recursos educativos para lograr la integración al trabajo cotidiano. En ese sentido diversas empresas sobre todo en los Estados Unidos, han desarrollado evaluaciones de las personas que con base en los estilos de pensamiento, los rasgos de comportamiento y, desde luego, en los intereses vocacionales, el individuo puede obtener un resultado que le oriente en la decisión de su vocación educativa base, para posteriormente satisfacer el logro ocupacional; esta evaluación está basada en estándares internacionales ocupacionales, que describen funcionalmente el mundo del trabajo, que se pueden complementar con los catálogos ocupacionales y académicos  mexicanos, para ubicar la relación de estos con el requerimiento educativo previo, es decir con las carreras profesionales o técnicas que le son afines a la competencia ocupacional que describen estos instrumentos como los más deseables.

 

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